17 dic. 2011

No me molestes


                Los sábados a la mañana son para eso. Para andar sin saber muy bien adonde. Vagar se dice, verdad? O no. Tal vez tener un destino preciso, pero en el mientras tanto engañarse pensando que uno no sabe muy bien adónde va. Viajo en colectivo. Leo como Jed Martin, protagonista de la última novela de Michel Houellebecq, dialoga con el propio Michel Houellebecq. Cuando leo, a veces me dan ganas de escribir. Por ejemplo, ahora tengo ganas de escribir mientras leo a un escritor creando un personaje que se entrevista con su propio creador. No está mal, podría intentar hacer algo parecido, por qué no? Ser el protagonista de mi propio cuento. En definitiva, en la novela, Martin y Houellebecq comparten un vino argentino, como el que yo llevo embalado como regalo. Para quién? No importa, ese es el destino. Ahora interesa el mientras tanto.
                Escucho a los Beatles. Beatles pero no al azar; escucho a los primeros Bealtes. A esos iniciales escarabajos simples e irresistibles. Antes que cualquier odontólogo les meta nada en el té y los haga ver  diamantes en el cielo. De “Help” para atrás, ni siquiera “Rubber soul”. Beatles en retrospectiva. Siento como aún desaprendiendo en un tiempo que retrocede, los tipos siguen tan talentosos como el último día. Entonces yo, protagonista de mi propio cuento, podría figurarme también retrocediendo en el tiempo. Incluso podría aprovechar el vino que llevo de regalo y utilizarlo para hacer una analogía con mi viaje. Que el vino salga de la botella, se reencuentre con la madera, se desprenda de los aromas y se vuelva mosto y néctar. Un gran recurso. No sé si muy original, pero con las palabras adecuadas resultaría un buen golpe de efecto.
                Colectivo casi vacío, algo ruidoso el motor como para leer cómodo, pero si puedo escuchar a los Beatles y leer al mismo tiempo, el motor no es suficiente impedimento para continuar. Suena “Don´t bother me”. Y en virtud del retroceso, me acuerdo que hace diez años que murió George Harrison. Diez años también de la noche de un sábado caluroso de diciembre, de esas noches en las que en  Buenos Aires no corre una gota de aire. Un sábado en el que el flaco Spinetta homenajeó a George Harrison cantando precisamente “Don’t bother me”. Obras ardía, en verdad todo Buenos Aires ardía. Y si uno levantaba la vista hacia el horizonte, el resto del país no ardía menos que Obras. Y el flaco, solito con su acústica resultó una brisa fresca. Imperdonable caer en la rutinaria expresión “brisa fresca” para definir al flaco Spinetta cantando a George Harrison. Pero es un colectivo ruidoso, que además salta sobre un empedrado imposible que pone a prueba la fragilidad del vidrio de la botella, y yo voy leyendo, escuchando a los Beatles pelear contra el motor,  y recordando ese momento, mientras intento desandar el tiempo que me separa de la misma vivencia que voy evocando.
                Debería haber traído copas. Dos copas. Cuando resultan efectivas, las sorpresas son factibles de quedar a la merced de imponderables. Como por ejemplo, que el sorprendido no tenga copas. Y aunque los mediodías de sábado no detenten las mismas pretensiones de elegancia que las noches, ese vino que en el cuento se escapó de la botella y volvió a la vid, merece algo más que un vaso tibio de aparador húmedo. Mi memoria no recuerda ningún bazar entre la parada en donde debo bajar y el tercer timbre del segundo piso  en donde voy a  anunciarme de improviso. Así que será cuestión de preguntar y, de paso, sumar personajes a mi cuento.  
Las personas  caminan mirando el piso, y cuando ven que me acerco con intención de preguntarles algo, aceleran el paso. Puede que estén apuradas, pero a mí se me da por creer que en realidad saben todo, y lo que no quieren es aparecer como personajes secundarios en un cuento anodino. Yo solo busco un bazar para comprar dos copas, así que con un par de indicaciones y gestos bien podrían informarme sin necesidad de entablar diálogo alguno, pero no hay manera de explicárselos, porque solo me rehúyen.
Miro alrededor y en todas las direcciones sucede lo mismo: gente cabizbaja y apresurada alejándose de mí. Se levanta viento y me produce un escalofrío.  Cargo el libro bajo un brazo y con el otro sostengo la botella. Los Beatles siguen en mis oídos. Las hojas y las bolsas de nylon abandonadas vuelan siguiendo el rumbo de la ventolina. De repente siento que soy el protagonista del cuento, pero que ese cuento ya no es mío. Y aunque en principio eso me inquieta, resulta que después termina por aliviarme. De seguro el autor usurpador sabrá guiarme hasta el bazar y hacerme de las copas, pienso. Entonces me ilusiono. Solo es cuestión de esperar, aunque no tengo  tiempo de sobra. Me recuesto sobre una pared rugosa, que al contacto con mi espalda deja caer partículas de revoque gastado, y dejo pasar el tiempo.
Debí haberlo previsto, nada trascendente puede ocurrir en un cuento en el que yo sea protagonista. Miro el reloj, me digo que aún estoy a tiempo, y decido correr el riesgo de los vasos húmedos. Pero antes debo resolver lo que dejé pendiente. Pasan dos chicas, deben tener unos doce años cada una. Saltan y se pegan unos sopapos débiles en las mejillas.
- Disculpen – les digo en un tono suave que no las amedrente.
Desafiando todos los seguros consejos familiares, para mi sorpresa las jóvenes  se acercan.
- Sí? – preguntan curiosas y sonriendo, sin dejar de golpearse, pero ahora haciéndolo con el revés de sus manos contra la cintura.
- No les gustaría protagonizar un cuento?- les ofrezco
Las debo haber sorprendido, porque piensan unos segundos en silencio.
- Un cuento? Nosotras?- dice las más alta mirando a la otra, que todavía parecía no haber entendido el ofrecimiento.
- Dale! No estaría buenísimo, boluda? – prosigue la primera en contestar, consiguiendo quebrar la apatía en la mirada de su amiga.
- Y qué hay que hacer?- me pregunta entonces la más pequeña.
Levantando los hombros y sobreponiendo el labio inferior sobre el otro, les hago saber con el gesto que no tengo la menor idea. Inmediatamente me doy cuenta que eso puede desanimarlas, así que pensé en corregir mi impulso cuando la otra me respondió:
- No importa, ya veremos-
Después le pegó un sopapo a su amiga, bastante más fuerte de lo que venían pegándose y corrió. La otra salió a perseguirla.  
                Levanté la vista y me encontré desorientado y perdido, sin guión a seguir. Bajo el brazo guardo un libro desconocido y a mi lado descansa una bolsa con una botella de vino. En mis oídos dos voces jóvenes y chillonas me aconsejan: hay un lugar adonde puedo ir cuando estoy  deprimido. Entonces camino hasta llegar a una plaza y me siento en un banco de cemento, dispuesto a abrir la botella de vino.
Ella se acerca despacio. En sus manos trae un sacacorchos que me entrega ni bien se sienta a mi lado. Hurga en el bolso y extrae dos vasos de vidrio grueso. Me mira a los ojos y  me sonríe. Las chicas protagonistas de mi cuento abandonado pasan corriendo y ahora cargan con un conejo blanco. Cuando pasan cerca del banco saludan, pero solo a mí. A ella no parecen verla.